miércoles, 14 de septiembre de 2011

El fin del mundo, según Ameldre

Por primera vez en los últimos dos meses ningún paciente me habló del fin del mundo. Justo ahora, que se me ocurrió crear este blog, precisamente para hablar de eso.  Pero bueno, la falta de tema me llevó a un momento de introspección, que culminó con una tremenda revelación:  En mis treinta años de existencia, 5 veces se ha acabado el mundo.

Mi primer "fin del mundo" fue a los 13 años, ¿el motivo? no poder ir al concierto de los Pet Shop Boys.  Toda una tragedia griega (bueno, en ese tiempo para mi lo fue... aunque ahora una sonora carcajada sea la respuesta a aquel recuerdo).

Mi segundo fin del mundo, fue a los 17 años, cuando por última vez me quité el uniforme escolar, y entendí que dejaba mi mundo de bilz y pap escolar, para entrar en una realidad dura y hostil.  Alicia despertó del sueño, se dio cuenta que wonderland no existía, y que el conejo blanco era un apetitoso alimento en caso de necesidad.

El tercero, fue a los 19, cuando la primera desilusión de amor por una infidelidad me enseñó que la honestidad masculina es relativa y mutable, y que el daño de la mentira es retroactivo y más corrosivo que el ácido.

El cuarto, en marzo de 2008, cuando el padre de mi hija me abandona embarazada, y hospitalizada con síntomas de aborto.  Este fue el más largo de todos los finales que he vivido, ya que solo me di cuenta, que no era el fin del mundo, cuando vi por fin ese hermoso par de ojos hinchaditos y esa pequeña manito que pretendía tomar la mía, justo después de nacer desde mi interior.  Al ver mi hija, me di cuenta que no solo NO era el final, sino el comienzo de un nuevo mundo, hermoso y misterioso.

Y por último, mi quinto fin del mundo, y de seguro que fue compartido por varios, la madrugada del 27 de febrero de 2010.  El terremoto 8,8 lejos de mi familia, de mi hija, sin saber de ellos, sin saber hechos, solo gritos, ruidos de estructuras cayendo, y mi propia angustia frente a la imagen mas surrealista de mi vida, fue unos minutos el fin del mundo, hasta que un mensaje de texto me devolvió el sentido y a la tierra: mi hija y mi familia estaba toda bien, huyendo al cerro en el jeep, sin heridas todos.  Agradecí a Dios con más devoción que nunca.


No hay ser humano en el planeta, que no haya sufrido su propio fin de mundo.  Algunos muy comprensibles, y la empatía se derrocha al escuchar algunas historias de personas que han sufrido tales tragedias que no quieren seguir viviendo.  Otros "finales" -que para algunos nos pueden parecer risorios-  para quienes los viven son angustiantes y dramáticos (como la adolescente de 16 años que ingirió 1 litro de cloro porque su sostén era talla 34 copa A).  Eticamente no debo juzgar estos actos, solo actuar en lo que mi profesión me exige para mantener la vida de estas personas, pero a veces cuesta, y mucho.  Morderme las palabras, y la consiguiente reprimenda ante casos absurdos como el de la chica del sostén, me es muy difícil.   El impulso primario es decirle "si mañana se acaba el mundo, y mueres de manera horrible, la talla de tu sostén será lo último en que pienses niña tonta!".... pero no, debo respirar hondo, contar hasta diez, y decir "esto no es el fin del mundo pequeña, de seguro cuando crezcas te darás cuenta..."

Y muy cierto que eso es.

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