jueves, 15 de septiembre de 2011

27 de febrero de 2010: Recuerdo de mi quinto fin de mundo, parte 1

La entrada de ayer me tuvo despierta hasta las 02 a.m. ¿el motivo? el vendaval de recuerdos de aquella noche en que muchos coterráneos penquistas creyeron que se acababa el mundo.  Aquella noche en que muchos perdieron seres queridos, y el desconsuelo probablemente les haga sentir aun, que ya no hay nada en este universo.  Aquella noche en que el sacrificio de toda una vida, de trabajo y esfuerzo, se desvaneció bajo escombros o bajo el mar.  Aquella noche en que 2 minutos 45 segundos nos mostraron a esta generación, que los verdaderos dueños del planeta no somos los humanos, sino las fuerzas de la naturaleza.  Aquella noche, en que lejos de mi familia, supe qué era, vivir un terremoto.

el turno del 26 de febrero:  día viernes normal, recuerdo claramente que escogí una ropa super veraniega top, por el gran calor que hacía a pesar de algunas nubes altas en el cielo (desde niña me fijo en eso antes de salir), entraba a turno a las 17 horas, y debería estar allí hasta las 09 a.m. del sábado, por lo que, de seguro, sería una mañana calurosa también.  Debía llevar polera, pantalón ligero y sandalias, de seguro no necesitaría nada más.

Llegué al servicio, me puse mi uniforme, y a trabajar.  Al llegar me encuentro que mi compañera de turno había pedido permiso ese día, por lo que tendría que trabajar con un reemplazo, Fernando.  El médico que tendría que estar toda la noche, llegó a las 20 horas, y el comentario de casi todos era el tremendo calor.  Una extraña sensación tenía a casi todos inquietos (algo residuo de instinto animal supongo).  Nunca olvidaré al guardia viejito que mas preciso que nostradamus dijo sin vacilar a las 01 a.m., "va a temblar, tiene toda la pinta".  "si, asi parece, está rara la noche" dijo la administrativo, Rosita.  No opiné nada.  Otra cosa llamaba la atención, era noche de viernes y aún no habían ebrios ni agredidos en el servicio.  Inusual por donde lo miraran.  La tranquilidad facilitó el descanso, y le sugerí a mi compañero reemplazo que descansara un rato, mientras no había nada.

A las 03 a.m. la extraña calma se rompió con tres jóvenes sangrando.  Eran agredidos de una pelea callejera, y uno tenía la nariz colgando sólo en un trozo de piel, prácticamente estaba amputada, y el joven con múltiples lesiones.  Los amigos, policontusos.  El de la nariz debía ser operado rápidamente por lo que fue derivado al hospital de Concepción.

03:33 am: Estábamos en espera de su traslado, el joven ya estable por lo menos, cuando un rugido (si, un RUGIDO) furioso resonó en el aire, ¿un camión? ¿un tren? ¿¡que rayos es ese ruido?! me paralizó, miré al médico y su expresión me dijo que exactamente las mismas preguntas se estaban cruzando por su cabeza.
-¿y eso?- alcancé a terminar la pregunta en voz alta, cuando la tierra me respondió de inmediato, un suave movimiento de la tierra empezó a moverme de izquierda a derecha.  El doctor se dirigió a la entrada de ambulancias, pero al no poder abrirla, me gritó que me dirigiera al dintel de la puerta de enfermería.  Obedecí, sin analizar que no era la mejor opción, pero al fin y al cabo, solo sería hasta que pasara el temblor.  Inmediatamente el se sostuvo del mismo lugar.  El ruido aumentó, y el suave movimiento de izquierda a derecha, cambió bruscamente por una sacudida fuerte y multidireccional que amenazó con botarme.  Me aferré mas fuerte del dintel.  Sentí caer tubos de oxígeno con gran estruendo, y luego galones de gas guardados en el baño.  ¡que temblor más fuerte!, ¡¿por qué no para?! ¡¿que es esto?! fueron las preguntas que casi en forma simultánea pasaron por mi cabeza.

Corte de luz, el rugido ahora parecía cubrir cada centímetro del espacio a mi alrededor, los gritos de los tres jóvenes agredidos, me devolvieron al tiempo y espacio, mire a mi alrededor, ya no había luz, pero una extraña luminosidad me permitía ver todo claramente, las vitrinas con farmacos azotaban sus puertas de vidrio brusca y ruidosamente, jarabes, ampollas, comprimidos e isnumos volaban y caían al suelo.  Desde la bodega de materiales caían y caían cosas, y por fin entendí que estaba ocurriendo.  Estaba viviendo un terremoto.

Un minuto y medio de temblor y pareció empezar a disminuir, pero solo para seguír más fuerte.

Mis pensamientos viajaron ágil y desesperadamente a mi casa ¡mi hija! ¡mi abuela! ¡o por dios, cuanto teme ella a los temblores, de seguro no aguantará esto! ¡mi papá, que hará mi papá, con su mamá muerta! ¡no tendrá tiempo de llorarla, tendrá que salir! ¡si, puede haber tsunami, tiene que salir! ¡tendrá que dejarla ahí y huir con mi hija! ¡tiene que salvar a mi hija! ¿tsunami? ¡o por Dios, puede haber tsunami, nosotros también tenemos que huir de aquí!.
-¡Mi señora! ¡mi señora está embarazada!- grito angustiosamente el medico aferrado al otro extremo de la entrada.  Entendí su angustia, yo también la sentía, pero por mi bebé de tan solo un año.

Probablemente me llevó 20 segundos pensar todo eso.  El rugido de la tierra y la furiosa sacudida, los gritos de los tres jóvenes, mis pensamientos, todo mezclado en momentos que parecían solo un mal sueño.  Un golpe de mi cabeza contra la pared mientras intentaba mantenerme en pie y aferrada aún al dintel me dijo cruelmente que no era un mal sueño, era terremoto real.  Y luego, por fin. empezó a cesar, los gritos de los jóvenes desaparecieron, y luego el tren se detuvo.

Abstraída, salí por la entrada de ambulancias, sin pensar en la enorme estructura de acero que tendría sobre mi cabeza hasta llegar al estacionamiento.  Salí sin siquiera preguntarme donde estaban los jóvenes.  Solo una cosa ocupaba mi mente, que estará pasando con mi bebe y mi familia.

Vi a la administrativo, Rosita, en el estacionamiento; había salido junto al paramedico SAMU, Carlos, por el acceso principal. Al lado de ellos la auxiliar de servicio Cristina, mi colega reemplazo Fernando, y el chofer de la ambulancia Jaime.  Tomé el celular, solo para comprobar que de nada servía.  La primera réplica.
- Esto fue un terremoto- era el comentario (absurdo) que nos hacíamos unos a otros, probablemente la angustia por nuestras familias no nos permitía hilar mas palabras.  Un estruendo ensordecedor nos volvió a estremecer.
- Se derrumbó un edificio- me dijo la sra. Rosita.  -eso fue un edificio-  en efecto, el ruido inconfundible de un edificio desplomándose fue lo que escuchamos todos.
- Debe ser un edificio de los bloques de la Villa- le comenté.  Nunca hubiera imaginado en ese momento, que el edificio había colapsado al otro lado del río, y que se convertiría en la imagen más emblemática del terremoto.

Quince minutos pasarían, cuando la angustia del médico terminó, su esposa e hija, llegaron al servicio aún en pijamas.  Para el resto de nosotros la angustia aumentaba.  Otro médico, cuya familia estaba en el norte, llegó a brindar colaboración ante la inminente emergencia asistencial.
- Debemos preparar todo porque empezará a llegar gente herida-  dijo seca y fríamente.  Supongo que la seguridad del bienestar de su familia lejos de acá, le permitía mantener una calma imposible para el resto de nosotros.

¿gente herida? ¿y si mi propia hija estaba herida? ¿y yo aun acá? ¿sin ayudarla por ayudar a otros? ¡nooooo! ¡tengo que irme de acá! ¡tengo que ver a mi hija, saber de ella! ¡déjenme ir a verla, y juro por Dios que si está bien vuelvo! ¡solo quiero saber de ella! ¡solo eso!.  Ninguna de estas frases salió de mis labios, pero parecía que mis pensamientos gritaban por mis ojos.

- Nadie puede irse hasta que no tengamos confirmación de que sucedió- Fue la lapidaria respuesta del médico recién llegado a mis súplicas internas.  Cuan lector de mentes, me respondió firmemente, tomando el mando de la situación.  Era un hecho, su calma venía de la seguridad de su familia, sin dudarlo, si su esposa e hijos hubieran estado acá, él no actuaría de esta manera, pensé.

A las 04:30, una ambulancia se estaciona frente a nosotros, y un desesperado conductor nos grita, "¡traigo una mujer malherida!" el médico de turno corre y evalúa a la mujer, baja y me grita "¡Pame, dos sueros acá rápido!".

Actué cuan zombie a la orden del amo.  Caminé a la ambulancia, tomé dos sueros, le puse ambas vías venosas sin luz, alumbrando con mi celular..... ¿mi celular? ¡¿que pasaría con mi hija?!...... una imagen brusca y sangrienta me devolvió a la realidad, dos huesos astillados asomados desde la mitad de ambas piernas de la mujer de la ambulancia, de aproximadamente 60 años.  Tenía fractura expuesta de ambas piernas.

Bajé de la ambulancia, la grave lesión de la mujer solo acrecentó mi miedo, mi pánico.  Miles de cosas cruzando por mi cabeza, intentaba eliminar rápidamente las malas para no atraer la desgracia.  Pero el miedo llenaba mi ser, mi hija, mi hermana, o mi madre heridas, mi abuela muerta, eran los males esperables en el horroroso momento que estaba viviendo.  Eran los males soportables y estaba preparada para ellos.  Peor que eso NO podía pasar. Mi padre debía estar bien, estaba obligado a estar bien, porque sería él el encargado de manejar mi jeep para huir al cerro en caso de tsunami.

Miraba incansable y mecánicamente mi celular, cuando Dios se apiadó de mi, y un "bip bip" sonó.  Solo un mensaje de texto que decía:  "Estamos todos bien, vamos al cerro en el jeep, nos llevamos los vecinos del frente".

GRATITUD POR DIOS, INFINITA GRATITUD. CALMA. FELICIDAD. Y DESAHOGO...

Y mi desahogo, se convirtió en lágrimas de gratitud... Un gran abrazo de la sra. Rosita, me cobijó, quien lloró junto conmigo.
- Están bien sra. Rosita, mi familia están todos bien-  La mire, y comprendí que la calma que yo sentía aún no llegaba a ella, le entregué mi celular para que buscara comunicarse con sus hijos.

Tres personas, pidiendo ayuda y otro con una persona en brazos, despertaron mi alerta.  Ahora pensaba claro, MI gente estaba bien.  Pero a quienes tenía en frente no.

Y por fin en calma, respondí a la emergencia, y me puse a trabajar....

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